«Estoy haciendo una gran obra, y no puedo ir».
Nehemías 6:1-4
Vivimos rodeados de oportunidades, compromisos y voces que constantemente reclaman nuestra atención. Muchas veces confundimos estar ocupados con estar avanzando, como si todo aquello que aparece delante de nosotros mereciera nuestra respuesta.
Quizás por eso, al leer la historia de Nehemías, nuestra atención se dirige hacia los muros que reconstruía. Sin embargo, lo verdaderamente revelador no fue solamente la obra, sino la claridad con la que comprendía aquello que le había sido encomendado.
¿Y si muchas veces no abandonamos lo que Dios nos ha confiado por falta de capacidad, sino porque permitimos que otras cosas ocupen su lugar?
Cuatro veces intentaron apartar a Nehemías de la obra. Cuatro veces recibió la misma invitación. Y cuatro veces permaneció firme. No porque desconociera las voces que lo rodeaban, sino porque sabía lo que estaba edificando.
La visión no elimina las distracciones, pero nos permite reconocerlas.
Quizás hemos pasado demasiado tiempo intentando responder a cada oportunidad, sin preguntarnos si realmente contribuye a aquello que estamos edificando.
Porque no toda puerta abierta nos conduce en la dirección correcta, ni toda invitación merece que descendamos de la obra.
La visión no consiste en perseguir nuestros propios sueños esperando que Dios los respalde, sino en disponer nuestra vida para participar de su propósito eterno, cuyo centro es Jesucristo.
Llegará el día en que muchas de las urgencias que hoy parecen indispensables habrán perdido su importancia. Las voces se apagarán, las oportunidades pasarán y aquello que tanto reclamaba nuestra atención quizás ni siquiera será recordado.
Pero lo que haya sido edificado conforme al propósito de Dios no habrá sido en vano.
Y entonces comprenderemos que permanecer también fue una forma de avanzar, y que la fidelidad muchas veces se expresó en aquello a lo que supimos renunciar.
La visión que nos mantiene en la obra.
Por Kevin Magallanes · © ECO. Todos los derechos reservados.

